Publicado en enero de 2026 en The Atlantic
Extracto del artículo
Australia es un país con abundante sol, pero la piel de la mayoría de los australianos está mejor adaptada a la sombría Inglaterra que a las playas de Brisbane. La población predominantemente blanca del país tiene, con diferencia, la tasa de cáncer de piel más alta del mundo, y durante años las instituciones de salud pública han advertido a los residentes sobre los peligros de la luz ultravioleta. Una campaña publicitaria de los años 80 aconsejaba a los australianos: «Slip, Slop, Slap» (ponte una camiseta, échate crema solar y encasquétate un sombrero, si tenías que salir al sol). La única cantidad segura de sol era ninguna. Luego, en 2023, un consorcio de grupos de salud pública de Australia hizo algo sorprendente: emitió una nueva recomendación que tiene muy en cuenta, por primera vez, los beneficios del sol. El consejo en sí puede no parecer revolucionario —los expertos dicen ahora que las personas con menor riesgo de cáncer de piel deberían pasar bastante tiempo al aire libre—, pero la idea de fondo marcó un cambio radical respecto a décadas de mensajes de salud pública. «Evitar por completo la exposición al sol no es óptimo para la salud», rezaba la declaración de principios de los grupos, que cita de forma extensa un creciente corpus de investigación. Sí, los rayos UV causan cáncer de piel, pero para algunos, demasiada sombra puede ser tan perjudicial como demasiado sol. Se sabe desde hace tiempo que la exposición al sol estimula la producción de vitamina D en la piel, y que los niveles bajos de vitamina D se asocian con un aumento de las tasas de accidentes cerebrovasculares, infartos de miocardio, diabetes, cáncer, Alzheimer, depresión, osteoporosis y muchas otras enfermedades. Era natural suponer que la vitamina D era la responsable de estos resultados. «Imaginen un tratamiento que pudiera fortalecer los huesos, reforzar el sistema inmunitario y reducir el riesgo de enfermedades como la diabetes, las cardiopatías y nefropatías, la hipertensión arterial y el cáncer», escribió The New York Times en 2010. «Algunas investigaciones sugieren que ese tratamiento milagroso ya existe. Es la vitamina D». En 2020, más de uno de cada seis adultos tomaba ese tratamiento milagroso en forma de suplementos diarios, que prometen ofrecer los beneficios del sol sin sus peligros. Pero la luz solar en una píldora ha resultado ser un fracaso espectacular. En un gran ensayo clínico que comenzó en 2011, unos 26 000 adultos mayores fueron asignados al azar para recibir pastillas diarias de vitamina D o placebos, y luego se les hizo un seguimiento durante una media de cinco años. Los principales resultados del estudio se publicaron en The New England Journal of Medicine en 2018, y hace dos años se difundieron más resultados en la misma publicación. Un editorial complementario, con el titular «Un veredicto decisivo sobre la suplementación con vitamina D», señalaba que no se había encontrado ningún beneficio para ninguna de las afecciones de salud que el estudio analizó. «La suplementación con vitamina D no previno el cáncer ni las enfermedades cardiovasculares, no evitó las caídas, no mejoró la función cognitiva, no redujo la fibrilación auricular, no cambió la composición corporal, no redujo la frecuencia de las migrañas, no mejoró los resultados de los accidentes cerebrovasculares, no disminuyó la degeneración macular asociada a la edad ni redujo el dolor de rodilla», afirmaba la revista. «La gente debería dejar de tomar suplementos de vitamina D para prevenir enfermedades graves o prolongar la vida». La nueva recomendación de Australia es, en parte, un reconocimiento de esta realidad. También es el resultado de nuestra mejor comprensión de los diversos mecanismos a través de los cuales la luz solar afecta a la salud. Algunos de ellos son intuitivos: la luz brillante de la mañana, filtrada a través de los ojos, ayuda a regular nuestros ritmos circadianos, mejorando la energía, el estado de ánimo y el sueño. Pero los efectos sistémicos de la luz ultravioleta actúan a través de vías totalmente diferentes que han sido menos comprendidas por el público, e incluso por muchos profesionales sanitarios. En los últimos años, esa ciencia ha recibido más atención, lo que ha reforzado la convicción en los beneficios posiblemente insustituibles de la luz solar. En 2019, un colectivo internacional de investigadores hizo un llamamiento con el titular «La exposición insuficiente al sol se ha convertido en un problema real de salud pública».
